domingo, 4 de diciembre de 2016

Tanto como tengas

   Faltaban sólo dos semanas para Navidad y estaba internada en la clínica recuperándome de una cirugía. Era la primera Navidad de nuestra familia en Minnesota y quería que fuera memorable, pero no en ese sentido.
   Estuve operada por cálculos biliares. Luché por abrir los ojos después de dormir en el hospital gran parte de los dos primeros días posteriores a la operación.Cuando me iba despertando, miré y vi lo que parecía ser una florería de Navidad.Flores rojas y otros ramos adornaban el cuarto y las ventanas. Una pila de tarjetas esperaban ser abiertas.En la mesa que había junto a mi cama había un arbolito decorado con cositas que habían hecho mis hijos. En el estante ubicado sobre el lavatorio había una docena de rosas rojas de mis padres, que estaban en Indiana, y un tronco navideño con velitas de nuestro vecino. Me sentí abrumada por todo ese amor y esa atención. ¡Tal vez estar en el hospital para Navidad no sea tan malo, después de todo!, pensé. Mi marido me dijo que los vecinos lo ayudaban con el cuidado de nuestros cuatro hijos, uno de los cuales es discapacitado. Ingresó la enfermera con más flores y tarjetas para mí y antes de salir de la habitación abrió las pálidas cortinas verdes que separaban las dos camas. Mientras leía mis tarjetas de buenos deseos oí:
_ Sí, sí; me gustan esas flores.
Levanté los ojos y vi a la mujer de la cama de al lado abriendo las cortinas para ver mejor.
_ Sí, me gustan tus flores _ repitió.
Mi compañera de cuarto era una mujercita de cuarenta y tantos con síndrome de down.
Tenía pelo gris rizado y corto y ojos castaños. Todavía estaba conectada al suero.
 Miraba mis flores con deleite infantil.
Me llamo Bonnie - le dije-. ¿ y tú ?.
- Ginger- me respondió, girando los ojos hacia el techo 
y apretándose los labios después de hablar- El doctor me va a operar el pie mañana.
   Ginger y yo hablamos hasta la hora de la cena, me contó sobre el hogar escuela donde vivía y que se moría de ganas de estar allí para la Navidad. Nunca mencionó a su flia. y tampoco yo le pregunté.
A cada rato me decía:- el doctor me va a arreglar el pie.
  Esa noche tuve varias visitas, incluso la de mi hijo Adam. Ginger charló con ellos alegremente, haciendo comentarios con todos sobre mis lindas flores.  A la mañana siguiente llevaron a Ginger a la sala de operaciones y la enfermera me sacó a dar un breve paseo por el pasillo. Regresé pronto a la habitación. Cuando atravesé la puerta,el agudo contraste entre las dos partes del cuarto me sorprendió. La cama de Ginger estaba hecha, esperando que volviera, pero no tenía tarjetas, ni flores ni visitas. Mi lado estaba rebosante de flores y la pila de tarjetas me recordó cuánto me querían.
Nadie enviaba flores ni tarjetas a Ginger y tampoco nadie, la había llamado ni visitado. ¿Alguna vez será así para Adam?, me pregunté,
   Adam es mi hijo discapacitado. Y así decidídarle a mi compañera algunas flores. Caminé hasta la ventana y tomé el centro de mesa con velas rojas. Pero se vería lindísimo en nuestra cena de Navidad, pensé, mientras lo dejaba en su lugar. Y, por cierto, no puedo darle las rosas de mamá y papá,
sabiendo que este año no los vería para Navidad.
   Las justificaciones se sucedían: las flores están empezando a marchitarse; esta amiga se ofendería; realmente podría usar éstas cuando volviera a casa.
No podía desprenderme de ninguna. Entonces volví a la cama, aplacando mi culpa con la decisión de llamar a la tienda de regalos del hospital cuando abriera por la mañana y encargar unas flores para Ginger. 
   Cuando ella volvió de la operación, una camarera le trajo una pequeña guirnalda verde de Navidad con un moño rojo. La colgó en la pared desnuda sobre la cama de Ginger. Esa noche tuve más visitas, y aunque Ginger estaba recuperándose de la operación, saludó a cada uno y les mostró orgullosamente la guirnalda de Navidad.
   A la mañana siguiente, la enfermera le informó a Ginger que se iba. Me sentí feliz por ella, quería estar en el hogar para Navidad. Pero experimenté mi propia culpa personal cuando recordé que la tienda de regalos del hospital no abriría sino hasta dentro de dos horas. Una vez más miré las flores de la habitación. ¿Puedo desprenderme de alguna de ellas?. La enfermera puso la silla de ruedas al lado de la cama de Ginger, recogió sus pocos efectos personales y su abrigo del placard. 
Realmente fue un gusto conocerte, Ginger -le dije. 
Mis palabras eran sinceras, pero me sentía culpable por no haber obedecido a mis buenas intenciones.La enfermera ayudó a Ginger a ponerse su abrigo y a sentarse en la silla. Luego tomó la pequeña guirnalda de la pared y se la alcanzó. Se habían vuelto hacia la puerta para irse, cuando Ginger dijo: -¡ Espere !. Se enderezó en su silla de ruedas y caminó lentamente hacia mi cama. Estiró su mano derecha y suavemente puso la guirnalda sobre mi falda.
¡Felíz Navidad!- dijo.
-Eres una señora muy buena. -Luego me dio un gran abrazo.
-Gracias-susurré.

    No pude decir nada más, mientras ella volvía lentamente a su silla y enfilaba hacia la puerta, bajé mis ojos húmedos hacia la pequeña guirnalda que tenía en las manos. El único regalo de Ginger, pensé, y me lo dio. Miré hacia su cama una vez más, su costado del cuarto estaba desnudo y vacío, pero cuando oí el golpecito de las puertas del ascensor que se cerraban tras ella,
SUPE QUE POSEÍA MUCHO, MUCHO MAS QUE YO.

Bonnie Shepherd
Esta lectura traía una refexión, pero creo que podemos sacar cada uno la propia.
En el mes de las fiestas recordemos cuán importante es una sonrisa.
 Mimi





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