miércoles, 4 de enero de 2017

Identidades de un enamorado

                                         
Aquella mañana de aquel día, Juan Pérez se emocionó al recibir el llamado de María de los Amores. Ella le había prometido, tibiamente, que lo llamaría para acordar la tan por él ansiada cita.
Julián López miró su rostro en el pequeño espejo del baño y se dijo que luego de una buena rasurada a su barba, un pequeño retoque a su flequillo y con la corbata de símil-seda haciendo juego con esa camisa rosadita, estaría preparado para el gran encuentro. -“Y seguro”, se dijo.
Así fue como, con ceremonial y pausado orden, José García cepilló su pantalón de lino beige, sacó algo de brillo a sus mocasines marrones y cortó sus uñas tratando de embellecer un tanto sus manos gastadas y ruinosas resultado de su oficio de changarín en el mercado de verduras.
-“Estos zapatos... están viejitos”, pensó.

Miró el reloj de cuarzo de su muñeca y calculó el tiempo que todavía le quedaba. Se sintió tan ansioso que, aún habiendo hecho el cálculo, abrió en ese instante el agua fría del caño oxidado que era su ducha y dejó su cuerpo quieto bajo la mansa caricia del agua. Javier González sentía que esas caricias deberían ser como las de su amada y anhelada María de los Amores.
Minutos después, mientras deslizaba la hoja de afeitar sobre su rostro, descubrió que el pequeño espejo le informaba que junto con el deshoje de calendarios también sus cabellos negros habían envejecido y una multitud de pelos grises habían poblado su cabeza.
Julio Díaz se sintió algo angustiado pero... -“qué importa”, se repitió varias veces. Su día, su gran día, estaba transcurriendo y no cedería ante esa prueba de incipiente vejez. -“No importa”, siguió repitiendo como suspirando.
Peinó sus ahora cabellos algo grises. Y se regaló una sonrisa; una sonrisa con sus labios y sus ojos. Y se sintió bien, ganador, protagonista en tiempo real de un sueño largamente esperado y ahora próximo a cumplirse.
Corrigió una y otra vez el peinado que se resistía a fijarse. Desde pequeño, Jorge Gómez debió tratar de educar ese rebelde remolino de su pelo.
Volvió a mirar su reloj. -“Mediodía”, se dijo en silencio. Pensó que sería bueno almorzar algo livianito pues hasta la hora del encuentro con su amada María de los Amores faltaba bastante y debía mantener sus energías cuidadas. Pero desistió al pensar que sería muy bueno tener una actitud digna de un gran señor enamorado. Recordó que a pocas cuadras, funcionaba un puesto de flores en el que había visto hermosas y rojas rosas.
-“Le llevaré flores y ella se alegrará”, pensó.
Jacinto Martínez caminó rápido hasta el puesto de flores aquel. Buscó con su mirada las rosas pensadas. Se sintió morir cuando tomó conciencia del precio. Volvió a repetirse para su interior -“no importa, está todo bien”. Habló con el florista y le consultó qué podría comprar con... y le mostró las monedas que poseía, las pocas monedas que conformaban su capital. El florista entendió que aquel comprador no salvaría los gastos del puesto de ese día pero también entendió que podía él salvarlo con su ayuda para que logre el tan ansiado ramillete de flores. -“Será por una buena causa”, pensó el florista.
Y Justo Jiménez, minutos después, se encontró desandando el camino hasta la pensión, su casa, con un ramo abundante de violetas. -“Estas flores son hermosas, justo para ella”, murmuraba.
Las horas siguientes en su cuarto de la pensión se tornaron inacabables. Tanto fue así que con mucha anticipación llegó al lugar indicado para el encuentro.
“Ella es puntual y seguro que le impactaré con mi puntualidad... y el ramo de flores”, se alentaba.

El reloj de cuarzo en su muñeca le indicó que la hora había llegado.
Al tiempo también le indicó se habían pasado largas dos horas.
Se incorporó del banco amorronado de la plaza.
Pensó: -“Todo está bien”. Y trató de sonreír.
Caminó algunos pequeños larguísimos metros para sus piernas que pesaban tanto ó más que su angustia. Miraba, en su agónico regreso, como en el suelo se mezclaban piedras, césped, tierra y... ramos de violetas abandonados por otros enamorados por María de los Amores.

Cuenta la leyenda que, sobre su cuerpo, hallado en el fondo del barranco, encontraron un ramo de rosas rojas.
Cuenta la leyenda que, agarrado con fuerza por una de sus manos, encontraron un ramo de violetas.
Y también, cuenta la leyenda, que en uno de los bolsillos del pantalón de lino beige, encontraron, prolijamente ubicada, una nota diciendo:

“Siempre supe que vendrías. Pero también que no iría a tu encuentro. Lamento, enormemente, que por entregarme todo tu amor, hayas olvidado de quién eras tú. Hubiese querido también amarte como lo hiciste tú, pero también hubiese querido que no dejases de ser Guillermo Hernández, como te conocí.
Hasta siempre.
María de los Amores.”

                                                                   de "En nombre del amor"_Eduardo Saín_2002 ®